jueves, 30 de abril de 2015

Saberes Inútiles

Dieron las dos de la tarde y el sol laceraba la carne  como cuchillo caliente. Sus pies rojos e hinchados se volvieron insensibles al dolor. Llevaba parada más de seis horas. Quieta, inmóvil, tratando que sus ojos no chocaran con la mirada oscura de ninguno de ellos. Las fantasías de estar en otro lugar que la invadieron al principio habían dado paso a la desesperación y la angustia de no saber qué vendría después, pero ya en este momento la mente le había quedado en blanco. Como si poco a poco sólo estuviera quedando el cascarón vacío de la que fue. Una voz gruesa y con tono amenazante la saco del trance.
—¿Habla alguien mi lengua?
Las palabras se agolparon en su cabeza, esos sonidos que primero le resultaron incomprensibles lentamente se hicieron más claros. La voz volvió a resonar con la misma pregunta.
—¿Habla alguien mi lengua?
Había una ira enorme en cada palabra pronunciada. Esos seres, que ahora la mantenían de pie por horas, habían sido heridos. Se notaba en sus miradas el odio y las ganas de venganza. Hace unos años atrás, ellos los habían recibido con los brazos abiertos. Los habían considerado poco menos que dioses, sin embargo  fueron usados como animales, los corrieron de sus tierras y corrompieron sus sociedades. La confianza fue pisoteada y la mano abierta se transformó en puño clamando venganza. Ella no había estado atrás de aquellos ataques. No había ni planeado ni llevado a cabo ningún acto de maldad contra aquellos que hoy eran sus captores. Su único pecado era haber creído en las palabras de los reclutadores sobre la posibilidad de buena vida y trabajo en aquella luna distante. Otro trueno desgarro el silencio.
—¿Habla alguien mi lengua?

Ella susurró, aunque nadie le oyó decir que sí. Su voz era débil. Los sonidos se apagaban en su garganta reseca. Intentó nuevamente responder, pero sólo salió un suspiro. Antes de embarcar había leído libros sobre la Cuarta Luna, había hecho un curso digital y se había llevado un diccionario de la lengua geona. Ella sí sabía su lengua, pero su cuerpo extenuado se negaba a hacérselos saber. 

Rocío Azul de Septiembre

El cielo se ha puesto gris, las rosas se han escondido,
se ha muerto el amor perfecto.
Un tonto juego cuando se es uno.
La primavera despliega sus alas,
el verde aroma me envuelve y danza.
Pero cuando la mañana se levanta
siempre encuentro rocío azul de septiembre en mis manos.
La noche me ha adoptado,
soy parte de ese mundo de sombras y silencios.
El gato que maúlla se cree que soy espíritu.
La luna se oculta cuando dejo ver mis ojos ,
dicen que las estrellas no han llorado como ellos.
Mi piel esta impregnada de melancolía
y mi voz parece eco de viejas soledades.
El pálido cielo se ha hecho hogar y ausencia.
Cada vez que me levanto encuentro
rocío azul de septiembre en mis manos.
Sabe extraño cuando toca mis labios.
Sabe a camino, a esperanza, a luz.
Sabe a ser cuerpo, a día y a volver a empezar.
Pero tengo miedo que el tiempo se halla dormido para mis días.
No se si hay salida para el camino que sigo.
No se si la noche me dejara volar.
El gato que maullaba me ha visto a los ojos
y me dejo partir.
La luna salió igual,
pero los velos del miedo aun cubren mis hombros.
Hora de beber el rocío azul de septiembre,
hora de dejar esta cáscara opaca y comenzar a brillar.
Hoy me mire en el espejo,
hoy vi mis ojos sin lagrimas.
Encontré una rosa en el suelo floreciendo para mi,
y el sol elevo su luz para hacerme compañía.
Deje la noche para vivir de día.
Soñar, se vuelve oscuro si no sabes controlarlo.
Amar de a uno te vuelve sombra si no sabes dejar el camino.
Hoy encontré rocío azul de septiembre en mis manos.
Hoy encontré un raro brillo en mis ojos
y una sonrisa en mis labios.
Hoy soy rosa de día, estrella de noche.

Sin miedo a la vida y con vida en mi alma.

La Gota de Rocío

Una gota de rocío,
el sabor en mi boca del adiós.
Y aunque el tiempo ha pasado te recuerdo.
Las palabras guardadas para vos se disuelven en el olvido.
Y aunque mis manos quieren retrasar las horas,
y este corazón palpite agitado
esperando que a su lado le conteste tu vos.
El tiempo se ha ido y hoy tan sólo queda
una gota de rocío sobre una rosa negra.
El espejo me devuelve mi figura demacrada,
las noches de desvelo
y las ganas que se han ido esperando tu regreso.
Y aunque parezca loca, sentada en un recuerdo,
arañando el pasado y matando mis sueños.
El tiempo se ha ido y hoy tan sólo queda
una gota de rocío sobre una rosa negra.
Lo rosa de la vida o de un cuento de hadas
se apaga en tantos grises y no logro ver nada.
Tu rostro se desdibuja y entre llantos entierro
nuestro amor en el olvido. Basta de vivir recuerdos.
El tiempo se ha ido y hoy tan sólo queda
una gota de rocío sobre una rosa negra.

La rosa que deshojo para empezar una vida nueva.

Pancracia y Su Color

¿Te conté alguna vez cómo Pancracia descubrió su color? Era una linda tarde de primavera y un vientito suave movía las plantas del jardín. Despacito, muy despacito en la hoja de un malvón Pancracia salió de su pupa. La pupa es  como un nidito calentito donde las vaquitas de San Antonio terminan de crecer.
Pancracia se sacudió un poquito la modorra que le quedaba aún en un rinconcito de los ojos y miró asombrada el hermoso jardín. Ese era su hogar. Visitaría cada planta, recorrería cada yuyito y encontraría una casita hermosa para vivir.  Se emocionó con la idea de empezar a conocer todo desde arriba. No sé si sabes, pero las vaquitas de San Antonio tienen unas hermosas alitas para volar. Y fue ahí, cuando se preparaba para dar su primer vuelo que se dio cuenta de que sus alas eran aún amarillas. No tenía todavía su color.
¿Seré roja con lunares o seré negra? ¡Ay! qué color me tocara para mis alas ¿quiero saber? – pensaba Pancracia, entre ansiosa y preocupada. Pero también pensó que no tenía mucho sentido pasarse todo el día preocupándose por eso. Sabía que en algún momento sus alas tomarían su color definitivo, así que estiro sus alas y se fue a pasear. Que grande y lindo era su jardín. Había rosales, malvones, geranios y margaritas, y con ese sol cálido se veían todas tan hermosas. Pero una flor, una margarita, la más alta y con el amarillo mas intenso llamo la atención de Pancracia.  Tanto le gusto esa flor que decidió hacer ahí su casita. Tenía la mejor vista del jardín y además era muy cómoda, tanto que decidió dormir una siesta en ese instante.

La despertó un vientito fresco  meciendo a la margarita un poquito más fuerte que hasta ese momento. Pancracia abrió los ojos y volvió a mirar el jardín. Estaba muy contenta con su casa y muy ansiosa por conocer a sus vecinos y hacer nuevos amigos. Y fue ahí, en ese instante que por el rabillo del ojo descubrió que sus alas ya tenían un color.  Y empezó a dar saltitos de felicidad. Sus alitas tenían un rojo brillante salpicado por unos lunares negros.  Estaba tan feliz con su color. Vio que la luz de la tarde iba apagándose  y decidió dejar para la mañana siguiente su recorrido por el barrio. Había mucha gente que conocer y muchas aventuras que vivir en el jardín y Pancracia con sus colores nuevos comenzaría mañana a conocerlos.

Es el Aire

—Es el aire. Sí, sí, es el aire.
—¿De qué hablas? ¿no te entiendo?— preguntó  Lucía con  cara de preocupación ante el estado alterado que tenía su amiga.
—Te digo que es el aire. Estoy segura. Algo liberan, algo le ponen. Es este aire de mierda que respiramos— dijo Selena  agitándose por la bronca y la impotencia.
—Por Dios, ¿te has vuelto loca?
—No Lucía. Estoy segura. Desde hace un tiempo a esta parte cada vez que pongo un pie en esta oficina se me apagan todas las luces. No puedo coordinar dos ideas juntas. Solo apretar los botones de la maldita computadora.
—¿Y de que les serviría,  Selena, tenernos como  idiotas todo el día?— contestó aprensiva.
—Pero, ¿no lo entiendes? Si no hay pensamiento no hay imaginación. Si no hay imaginación no hay creación. Sólo somos una mera maquina de carne que acata ordenes. Estoy segura que es algo que ponen en el aire. Ese aire acondicionado que funciona todo el día. Eso, es eso. ¡JA! Los he descubierto— su cara agitada y roja dibujo una sonrisa entre burlona y de autosatisfacción.
Las manos de Lucía temblaban mientras marcaba los números en el teléfono. Veinte minutos más tarde una ambulancia llego para llevarse a Selena al sanatorio. Sus gritos se escucharon en todos los pisos y todos se enteraron de sus teorías.
Días más tarde el gerente general se presentó en la oficina para anunciar que la empleada Selena se encontraba bajo tratamiento psiquiátrico. Los médicos le daban buenos pronósticos, pero por el momento debía permanecer aislada y tranquila. Luego del discurso se dirigió a su despacho, levanto el teléfono y marco el número del service.

—Buenas tardes.  Sí, aquí el gerente general de Globalink. Hemos tenido un pequeño inconveniente. Sí, sí, ya está solucionado, pero o me cambian la formula o me regulan mejor la dosis porque no voy a poder justificar algún nuevo brote psicótico de un empleado. 

martes, 28 de abril de 2015

El Viaje

Estaba cansada de caminar. Había recorrido mucho desde su casa, por lugares oscuros y ocultos. Siempre alerta, siempre vigilante. Pero aunque ahora estaba en el túnel más oscuro y empinado que había visto, y que el suelo fangoso bajo sus pies parecía impregnar con aromas nauseabundos todo su cuerpo, seguía adelante. Confiaba ciegamente en que hallaría lo que necesitaba, que encontraría alimento.
La cerrada oscuridad del túnel comenzó a corromperse. Los negros absolutos se fueron destiñendo en grises. Más adelante había una salida. Más adelante había luz, había esperanza. Escuchó atenta para descubrir cualquier peligro. En estos tiempos los peligros abundan en todas formas, algunas silenciosas. Confió en sus instintos y salió del túnel. Una luz amarillenta bañó todo su cuerpo y corrió excitada a esconderse  debajo de algo. Un aroma agrio encauzó  sus sentidos alterados. Por momentos sigilosa y por otros distraída, caminó hacia aquel olor que despertaba en ella el deseo, el hambre. Subió con dificultad una ladera resbalosa y blanca. Hizo cumbre y su alegría no pudo ser mayor. Allí en la meseta que aparecía ante sus ojos yacía a montones, gratuitamente desparramada, comida. Dejó de lado la cautela y avanzó deprisa hacia el primer montón. Sus movimientos se aceleraron y su boca se llenó de satisfacción. Por fin, después de tanto tiempo, después de tanto caminar, de tantas penurias aparecía para ella, como el jardín del edén mismo, esta meseta llena de comida, con delicias que no reconocía, pero que su estómago se alegraba de poder probar.
El grito rompió el sagrado silencio. Sus sentidos entraron en acción instantáneamente. El pánico la invadió. Había algo o alguien que la amenazaba. Se había distraído y ahora estaba en peligro. Corrió desesperada sin saber desde donde vendría el ataque. Bajó casi rodando la ladera resbalosa, quiso protegerse pegándose a una pared, y allí vino el primer ataque. Algo había hecho contacto con el suelo a escasos centímetros suyo y había levantado vuelo nuevamente. Ni un rasguño, sólo un corazón que latía hasta casi salirse del pecho. Sus ojos buscaban desesperadamente un refugio hasta que diviso la entrada del túnel. Estaba cruzando un claro. No había dónde esconderse. Era riesgoso aventurarse, pero también era insoportable la espera del ataque allí donde estaba. Decidió correr. Sus piernas se movían ágilmente mientras escuchaba aquellos gritos, aquellos alaridos aterradores que se acercaban a ella. Estaba cerca, tomaba caminos zigzagueantes para evitar un ataque directo. Faltaba poco, ya la oscuridad penetrante del túnel se hacía más grande en el horizonte. Ya olía los mismos olores nauseabundos que la habían acompañado todo el viaje. Corría el último tramo cuando vio que la luz desaparecía, sintió un impacto sordo y sus vísceras se esparcieron por el suelo. Alzó los ojos mientras la agonía parecía hacerse eterna. Nuevamente el cielo se oscureció, nuevamente, como mazo sólido, algo cayo sobre ella aplastando su cuerpo, extinguiendo su hambre, terminando con su vida. Definitivamente la luz se apago en sus ojos y su cuerpo quedo tendido en la tierra.

Los gritos cesaron, el nerviosismo del ambiente se disolvió. La mujer ya no tenía miedo. La cucaracha por fin había muerto.

lunes, 27 de abril de 2015

Primer Amor


Renzo se acomodó la chomba, se bajó los pelos que el viento había alborotado, respiró hondo y cruzó la calle resuelto. Hace meses que día a día se cruza con Mariana. Mañana tras mañana desayunan juntos. Ella le sonríe siempre, y le alcanza la panera. Mariana tiene el pelo largo y enrulado, ojos color miel y una sonrisa que ilumina. A los ojos de Renzo es una princesa. Hace un par de meses que Renzo se dio cuenta que el motivo por el que todas las mañanas se levanta, se viste y sale, es Mariana. Cuando se despiden, no deja de nombrarla. Cuando duerme, sueña con Mariana. Cree que ella puede sentir lo mismo y por eso, hoy junto coraje para decírselo. Antes de llegar, cortó una flor de un cantero, volvió a acomodarse la ropa y se relamió los labios por nervios. Ahí parada en la puerta, estaba ella, con unos zapatos blancos y una vincha a lunares. Ahí estaba ella, sonriendo de tal forma que sus ojos se achinaban y en sus mejillas se marcaban unos hoyuelos. Renzo avanzó decidido, y esos últimos pasos le parecieron en cámara lenta. Extendió la mano con la flor amarilla en ella y dijo en un tono, que para él sonó fuerte:
—¿Queres ser mi novia Mariana?
Mariana sonrió dulcemente, miró a Renzo y le dijo:
—Sos muy dulce, ¿pero que va a pensar tu mamá? ¿No se va a poner celosa?
Renzo titubeó unos instantes, miró a su mamá que unos pasos más atrás sonreía entre emocionada y divertida con la escena.
—Mami, ¿Me dejas tener novia?— gritó mientras corría flameando su delantal a cuadros hasta su mamá.
—Para tener novia tenes que ser más grande Renzo. Mamá te quiere mucho y cuando crezcas te va a dejar tener novia.
Renzo se quedó pensando. Giró hacia la puerta de jardín. Caminó nuevamente hasta donde su seño Mariana recibía a todos los chicos y cuando pasó a su lado le dijo:

—Mariana, ¿Cuándo sea más grande, queres ser mi novia?

La Princesa Samanta

Este cuento comienza como la típica historia de cuentos de hadas. Una hermosa princesa que asiste a un baile en el palacio y cuando se da cuenta de la hora sale corriendo y pierde un zapato.
Pero, y aquí está el cambio en la historia, el zapato perdido casi, casi que no vuelve a su dueña.
¿Queres saber qué paso?
Cuando el príncipe seguía a Samanta en su huida por el palacio y encontró el zapatito olvidado, el olor a pata lo desmayó. Cuando abrió los ojos de nuevo dudo en tomar otra vez el zapato, pero recordó el dulce rostro de Samanta, su sonrisa y el hermoso baile que habían compartido. Tomando su espada levantó el zapato con la punta y lo puso bien lejos de su nariz. Algo tenía que hacer. Ir con ese zapato por todo el pueblo sería imposible. La gente no lo dejaría entrar a sus casas y ni pensar en que alguna bella dama quisiera probárselo.
Al príncipe se le ocurrió una idea. Iría hasta la cabaña del viejo mago y le pediría que hiciera una poción que eliminara tan feo olor del zapato y luego le pediría que lo acompañara en la búsqueda de su amada princesa. Así cuando la encontrara con la poción  o con algún otro hechizo el mago podría hacer que los pies de la princesa no olieran tan feo.
Llegó a la cabaña del mago Alberto cuando estaba cayendo el sol. Le comentó enseguida lo que necesitaba y el mago puso manos a la obra. Mezcló unas hierbas, unas patas de araña y unas uñas de gato. Y cuando la poción  estuvo lista sumergió el zapato y lo saco al instante con un perfume a rosas y jazmines.
¡Genial!, pensó el príncipe Franco. Ahora sólo es cuestión de encontrar a mi amada.
Juntos recorrieron el pueblo sin éxito. El zapato no le entraba a cualquiera y a quienes le entraba Franco sabía que no eran la princesa o porque eran demasiado viejas o demasiado jóvenes.
Casi cuando estaban por desistir de la tarea y el día empezaba  de nuevo a nacer vieron una vieja granja. Una joven muy hermosa salía de la casa para ordeñar las vacas. La miraron de lejos y vieron que iba descalza y a pesar de ello iba sonriendo.
El príncipe la llamo dos veces y Samanta se detuvo. Al instante sus mejillas se sonrojaron y sus ojos marrones brillaron.
—¡Oh! Bella princesa. Te olvidaste tu zapato. Te lo he traído. ¿Me dejas probártelo?— dijo Franco.
Samanta abrió los ojos muy grandes. Franco tenía su zapato en la mano y no sostenía su nariz para no sentir el olor ni se había desmayado.
Se sentó en un tronco de árbol y no fue necesario que el príncipe le probara el zapato. Cuando Samanta levanto su pie hasta el mago se mareo con el olor.
—¡Ay! Mi princesa,  ¿Qué es ese olor que de tus pies emana?
—¡Oh! Príncipe mío, perdóname es que me han hechizado. Una mañana hace tiempo ya, mientras sembraba en mi granja lindas flores para la primavera iba descalza bailando. Me encanta sentir la tierra bajo mis pies. Como te decía esa mañana mientras hacía mis tareas feliz una bruja paso con su escoba y me vio bailando. Me dijo que el baile solo se debe hacer calzada y que si tanto me gustaba estar descalza mis pies olerían siempre a chiquero para recordarme que bailar sobre la tierra sin zapatos no estaba bien. Me apuntó con su varita y dijo muy fuerte: “Samanta, Samanta tus pies tienen un olor que espanta”. Y desde ese día mis pies han tenido olor a pata.
El mago Alberto que escuchaba atentamente la historia sacó de su bolsito un poco de la poción que había hecho antes para el zapato y la echó de a poco sobre los pies de Samanta diciendo “Samanta, Samanta la que tiene pies con un olor que espanta. Ahora con esta poción y sin palabras pomposas haré que tus pies huelan siempre a rosas”.
Y los pies de Samanta ya no tuvieron feo olor y el príncipe Franco se sacó los zapatos y bailaron sobre la tierra hasta que se cansaron.

Después volvieron los tres al castillo del príncipe para avisarles a todos que había encontrado una princesa para casarse a la que le gustaba bailar descalza y cuyos pies olían a rosas.

Estival Tormenta

Fundido el sol con el agua,
deshilachadas las estrellas
mi corazón rompía olas
y se desvanecía en la bruma.
La mirada se alzó  a lo alto,
donde el arco iris moría
y entre mis manos el blanco
del alba se sumergía.
Tus ojos lloraron poco,
mis lágrimas se disolvían
en el mar de sentimientos
que a los dos nos recorría.
Y en el cielo, moneda de nácar,
la luna presenciaba cuando mis alas llorando
volaron de tu ventana.
La rama se transformó en nido,
tu mano ya no fue manta,
la tierra quiso mi abrigo,
pero el cielo cubrió mi alma.
Y entre jardines marchitos
y cristales destrozados tu recuerdo me abrazaba
y mi corazón quedaba
como hoja seca sobre colchón de hierbas muertas.
Pero la triste agonía de una vida desierta
acabo tal estival tormenta en el cielo de mis días
cuando abriste la ventana para ver al río
volver a tu lecho de amor y abrigo.
Tu mano suave manta calmó mi frío
y tu boca con dulces arrullos cuidó mis sueños.
Y mis ojos se elevaron al cielo para ver,
moneda de oro, al sol entre sus brazos acunando tu suave cuerpo.
Mientras mi alma dejaba la cascara seca de miedo
y en el olvido quedaba el vacío que sentí

el tiempo que casi, que casi tu amor perdí.

domingo, 26 de abril de 2015

Catarsis

Se agolparon las palabras en la mente y comenzaron a caer como gotas. La mano frenética intentando dejar huella de ese hilo de pensamiento que caía presuroso.
—Ahhh—,  pensó ella — tantas palabras y en realidad ni una buena idea.
Miró la pobre luz que entraba por la ventana lejana y pensó. Si la tristeza me daba frutos, si con las lágrimas traía la prosa, porqué ahora sólo me trae vacío. Una mente cargada de palabras y al mismo tiempo vacía. ¿Sería que se planteaba seriamente hacer de la escritura su vida? ¿Sería que el miedo latente cerraba las puertas de la imaginación?

— ¡Basta!, no quiero pensar ya en nada— dijo, mientras tiraba su lapicera lejos de la hoja que a pesar de todo había quedado manchada de palabras.